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Mi hijo Orlando se quedó más de media hora tirado en la escalera de casa con un dibujo empezado y dos lápices de diferentes colores, esperando a que su padre desde la habitación de arriba, acabase de trabajar. Me acerqué para disuadirle invitándole a hacer algo conmigo, le ofrecí dejar mis cosas para dibujar con él, pero no quiso, dijo que yo no sabía dibujar. Hice la escuela de arte, de jovencita era la única cosa que me gustaba hacer, dibujar. Es probable que en mi familia sea la persona que tiene más preparación en arte, pero ellos no lo han visto y por lo tanto no me creen. Los hijos desarrollan un juicio critico basado en lo que observan y/o que se les enseña, y mis hijos no me han visto dibujar nunca. Decidí dedicar la mitad de mi tiempo a ellos, así que por la mañana soy Laura y por la tarde soy mamá: la que prepara la merienda, les lleva al parque, juega a los juegos de mesa, prepara la cena y la que les duerme. Ellos no son conscientes de todo lo que hago, para ellos no existe la otra mitad del día, sino únicamente el tiempo que pasamos juntos, cuando observan, aprenden, imitan y fomentan creencias. Me cuesta aceptar esa imagen de mi, es como si me correspondiese solo la mitad del cuerpo y la otra fuera invisible, sin embargo se me ofreció esa posibilidad de elegir y yo de alguna manera lo hice. A menudo me pregunto si estoy cumpliendo con mis expectativas de madre pero luego me doy cuenta de que las mías son más bien exigencias personales, pues es imposible prever sobre algo tan impredecible como la maternidad. No se puede planificar el amor, tampoco sobresalir en algo tan difícil y creo que da igual, nadie me reclama ser la mejor madre del mundo, con ser la madre que soy debería ser suficiente. Eso si, los hijos no escuchan pero miran.
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